¿Por qué es conveniente promesas que no se sabe cómo realizar y menos financiar? Quizá la respuesta a esto esté en los elevados ratings de programas (sobre todo matinales) que cultivan el realismo mágico.
La herencia del actual gobierno en términos de recuperación de libertades y derechos es indudable. Aplaudido por unos, criticado por otros, éste es quizá el aspecto más relevante por el que podría – y debería – ser recordado. Sin embargo, cuando los derechos cruzan hacia la vereda de la administración de recursos, lamentablemente se tiende a confundir lo deseable y lo importante con lo que es sanamente posible. Este es el caso de la reforma tributaria para financiar la educación superior, deseable pero quizá no lo más importante y claramente no posible con nuestros actuales niveles de crecimiento (y sus proyecciones). Es también un ejemplo de cómo se desprotege a quienes no salen a las calles, contraviniendo toda evidencia científica en cuanto a la enorme rentabilidad del gasto social en educación pre-escolar y básica. Se suma a lo anterior los históricos niveles de deuda del estado, elemento que enrarece las discusiones y por cierto opaca los logros de esta administración en términos de logros concernientes a libertades individuales.
¿Por qué es conveniente promesas que no se sabe cómo realizar y menos financiar? Quizá la respuesta a esto esté en los elevados ratings de programas (sobre todo matinales) que cultivan el realismo mágico. Este elemento, al parecer transversal e histórico en nuestro país, no sólo explica por qué muchos creen algo sin verificarlo, sino también por qué existen los incentivos a realizar promesas en base a esto y, sin tanta sorpresa, a obtener buenos resultados en las urnas. Si bien se dice que la fe mueve montañas, no menos cierto es que aún no se ve cómo una se mueva en base sólo a creencias.
¿Por qué encanta el realismo mágico desde la política? Probablemente por la misma razón que lo hace la religión, aunque ésta sí explicita a la fe como un elemento primordial de su incumbencia. Sin embargo, política y economía, no son disciplinas llamadas a usar este argumento, más aún en un estado que se declara laico. Las promesas y argumentos que se basen puramente en la fe a quienes les declaman irremediablemente deberían estar condenados al infierno, al menos a uno muy parecido a la realidad que no tiene nada de mágica.
Javier Scavia Dal Pozzo
Académico Departamento de Industrias
Universidad Técnica Federico Santa María
Fuente: Diario Estrategia