Finalmente también existe una cuestión valórica: cómo se perciben los derechos y deberes para mantener y sostener una democracia, con independencia de lo que dicen las encuestas.
Ad portas de las elecciones y, salvo que ocurra un hecho inesperado, pareciera que las encuestas ya dan luces sobre los extremos, es decir, sobre los eventuales ganadores y perdedores. De los ganadores, los importantes son, en caso de que uno no supere el 50%, los que pasarían a segunda vuelta. Aún sí, el panorama pareciera, insistiendo en que no hayan “sorpresas”, bastante claro. Sin embargo, el proceso de conocer los resultados de las encuestas, no está exento de riesgos.
Para el o los eventuales ganadores, y tal como sagazmente lo ha advertido el ex presidente Piñera, está el inminente peligro de la sobreconfianza (“dormirse en los laureles”). Como sé que mi candidato va a ganar, ¿para qué molestarme en ir a votar? Lo mismo podría afectar los resultados de los que pasen a segunda vuelta. Si sé que dos van a pasar a segunda vuelta y uno de ellos es mi candidato, ¿para qué votar en primera vuelta? Esto sería algo así como un “procastinación cívica”.
En el otro extremo están los que salen últimos en las encuestas. Acá la tentación también es no ir a votar. Si sé que va a perder, ¿para qué ir?
La teoría económica nos sugiere que ir a votar es viable si los beneficios esperados superan a los costos: levantarse temprano, eventualmente los costos del transporte local y soportar las aglomeraciones. Este último elemento, dicho sea de paso, lo más seguro es que no sea por una alta concurrencia si no por lo que se demorará cada elector con una papeleta con muchos candidatos. Claramente lo expuesto al principio disminuye el beneficio esperado del voto, por lo que paradojalmente demasiada información (que los medios sobre expongan las encuestas) podría aumentar la abstención. Históricamente, desde la aparición del voto voluntario, la participación no ha superado el 50%, hecho que obviamente también conlleva a una disminución en el valor predictivo de las encuestas.
La propaganda instalada por el gobierno de llamar a votar en estas elecciones puede entonces tener dos lecturas. Una positiva sería aumentar el valor esperado del voto. La negativa sería la tesis de que a la derecha le conviene que voten pocos.
En cualquier caso, finalmente también existe una cuestión valórica: cómo se perciben los derechos y deberes para mantener y sostener una democracia, con independencia de lo que dicen las encuestas.
Javier Scavia Dal Pozzo
Académico Departamento de Industrias
Universidad Técnica Federico Santa María
Fuente: Diario Estrategia
Lunes 06 de Noviembre de 2017