En una época de rápidas y continuas mutaciones queda la amarga sensación que los acuerdos de los políticos son entre ellos y no con quienes se debiesen primero: a sus electores, su confianza y sus anhelos.
El argumento de votar por un candidato como rechazo a otro (en una elección de solo dos opciones), muy similar por cierto a “votar por el menos malo”, ha sido usado tanto por un comando como por otro y, para ser honestos, en ambos casos, explícita o implícitamente se apela a algo común: los miedos atávicos. En el caso del comando Piñera, el miedo es a transformar a Chile en una segunda Venezuela, en el caso de los guilleristas, retroceder en derechos sociales y libertades individuales. Más aún, de un lado y del otro aparecen voces mesiánicas invocando argumentos del tipo “pendiente resbaladiza” que nos llevaría, según votemos por la opción “incorrecta”, a un caos en una o varias dimensiones (económicas, valóricas, de gobernabilidad, etc.).
Los electores con más juventudes en el cuerpo recordarán como estas estrategias rezuman a algo muy parecido a la contienda entre el SI y el NO de la década de los ochenta. Pero las lógicas pasadas no necesariamente son exitosas en una sociedad que ha cambiado tanto como la nuestra. No entenderlo es simplemente haber reprobado el curso de cómo leer las señales de un electorado claramente distinto y, que si se le quiere convencer, necesita de argumentos menos básicos.
Sin embargo, los peligros de este tipo de razonamientos no sólo se quedan en lo anterior. Existe además dos señales que nuestra clase política debiese considerar al estar bajo el escrutinio público y en su rol de líderes de opinión. La primera tiene que ver con la molesta sensación que no habiendo más razones uso una de este tipo pues “el poder lo justifica todo”, ya sea volverlo a ganar o no perderlo. La segunda y, en mi opinión la más riesgosa, es que no le dan la importancia necesaria a la lectura y debate de los programas presidenciales. Dicho de otro modo, ¿por qué no se dice “lea mi programa y si le gusta vote por mi”? La primera respuesta, lamentablemente, que se me viene a la cabeza es simple: no leemos, pero tampoco se nos insta a ello (o dicho con eufemismo académico: somos un país más de tradición oral que escrita).
En una época de rápidas y continuas mutaciones queda la amarga sensación que los acuerdos de los políticos son entre ellos y no con quienes se debiesen primero: a sus electores, su confianza y sus anhelos.
Javier Scavia Dal Pozzo
Académico Departamento de Industrias
Universidad Técnica Federico Santa María
Fuente: Diario Estrategia
Martes 05 de Diciembre de 2017